Era el sábado 3 de agosto de 2024. Una vez más, me adentraba en el bosque de Monte Shasta, tras una práctica de contacto con un centenar de personas de varios países. Todos fuimos testigos de la presencia de los “no identificados” en los cielos. Pero lo que paso a relatar solo se mostró a un puñado de siete personas.
Una sutil fosforescencia resaltaba esa noche al pie del bosque de pinos, en una zona que ya conocía por las experiencias que habíamos vivido allí con Paola Harris. Algo me llamó poderosamente hacia ese lugar, como si fuese una invitación a acercarme. Por eso abandoné mi silla de camping y acudí raudo hacia la “anomalía”. Cuando llegué allí, me encontré con otras personas del grupo que habían advertido el mismo fenómeno. Entonces, del bosque surgió, a media altura, un cubo azulado brillante y traslúcido, que flotaba suavemente de izquierda a derecha. Pero al cabo de unos instantes pudimos distinguir la silueta de una figura humana. Aquella aparición sostenía al cubo… Es decir, el cubo no flotaba, en realidad “alguien” lo mantenía en su mano mientras caminaba. Pero esa figura humana, por momentos, se desvanecía, y solo dejaba al cubo “visible”. Fue increíble.
“Soy yo, Ivika”, escuché con claridad en mi cabeza. Y la silueta volvió a aparecer allí. Al observar detenidamente la proyección holográfica, no tuve dudas. Estaba viviendo un “Cronocontacto” en la misma zona en donde tuvimos el encuentro cercano de 2014.
“Por dos años, hagan una pausa en sus retiros de Monte Shasta —sugirió la mensajera de Alfa Centauri—; ahora se les necesita en Sedona. Harán dos visitas en 2025 y 2026. La primera será el 22 de agosto de 2025. Cuando culminen el trabajo volverán a Shasta, el 27 de agosto de 2027…”
Luego decirme esto, la proyección y el cubo se marcharon. Pero toda esa zona seguía ligeramente iluminada, “distorsionada”. Estar dentro de ese campo era como vivir un sueño lúcido. Nos sucedió a todos los que estábamos allí.
Pensaba en esta experiencia cuando me dirigía a Sedona, el 22 de agosto de este año 2025, tras nuestra investigación en Blythe Intaglios.
Hacía más de veinte años que no volvía a Sedona. Y nunca había acampado allí. No fue tarea fácil porque Parques Nacionales limita mucho el número de personas que puede acampar en zonas abiertas del desierto. Máximo 70 y con una autorización previa, que afortunadamente tramitamos con tiempo.
Pero, ¿cuál era el trabajo pendiente en este lugar marcado por Ivika?

Nuestro campamento en Sedona visto desde un drone.
Las bóvedas del tiempo
La confirmación me la proporcionó Michel Zirger, investigador francés afincado en Japón, el estudioso más importante sobre la vida de George Hunt Williamson (GHW) y los contactados de los años 50. Pues bien, el célebre GHW —conocido en Latinoamérica por su libro El secreto de los Andes, que escribió con el pseudónimo de “Brother Philip”—, le dedicó profundas pesquisas a la localización de las “bóvedas del tiempo”, una suerte de cápsulas de información que remanentes de civilizaciones extinguidas, como la mítica Atlántida, habrían dejado en ciertos lugares especiales de Arizona y California, y también en otros puntos de poder en el mundo.

El contactado de Michigan, Richard T. Miller, y GHW (a la derecha), en una fotografía en Giant Rock, 1955. Ambos buscaron las "bóvedas del tiempo". Foto cortesía de Michel Zirger.
Ivika confirmó esta información, que incluso va más lejos al señalar que el verdadero origen de estas “cápsulas” no físicas —a caballo entre esta y otras realidades—, involucran la acción de “archivadores de origen extraterrestre”… Por ello fuimos a Blythe Intaglios. Y por esta razón continuábamos nuestra investigación en Sedona.
Y fue en el campamento en que lo entendí.
Había decidido realizar una práctica de meditación orientada al contacto con el “Gran Espíritu”, término que emplean los nativos americanos para referirse a la fuerza vital que engendra y une a todos los seres vivos. No es sinónimo de “dios”. Para los nativos americanos es sencillamente el “gran misterio”. El más poderoso agente de iniciación. Y vaya que lo fue…
Inspirado en las investigaciones que venía llevando a cabo mi esposa Sol sobre la vida y experiencias de Alce Negro (wichaska wakan, el “hombre santo” de los siux oglala), dirigí la meditación invocando la sabiduría del Gran Espíritu. Y al cabo de unos minutos empezó a llover. Seguidamente, un viento poderoso irrumpió y la lluvia arreció. Pero todo el grupo siguió meditando bajo estas condiciones. Y he aquí que tuve una visión: veía levantarse al geoglifo de Mastanho y transformarse en un gigante, en una entidad concreta que irradiaba mucha autoridad. Se me acercó en esta nítida visión y en una asombrosa mezcla de imágenes, símbolos que desprendía y sensaciones, el “gigante” me compartía la importancia de estas “bóvedas del tiempo”. Es muy complejo de transmitir aquí. Es una experiencia que aún estoy procesando. Pero puedo adelantar que la justificación de estas “cápsulas interdimensionales” es contar con una suerte de back up ante la mutación magnética de la Tierra y la afectación de la estabilidad de los registros planetarios. No sé si es correcto llamar a estos registros naturales del planeta y del universo “Registros Akáshicos”, un término que no existe en la India como muchos creen, y que, en realidad, se trató de una particular interpretación de la palabra sánscrita Akasha (éter) por la Teosofía. Blavatsky creía que era una buena denominación para un compendio sutil de todos los acontecimientos de la Tierra, idea que más tarde será popularizada por el célebre “profeta durmiente”, Edgar Cayce. Como fuese, definiciones aquí e interpretaciones allá, esa “memoria planetaria” sí existe, y las bóvedas del tiempo serían parte de su respaldo, y de algo más…
Un potente trueno me sacó de la visión. Los intensos vientos trajeron una lejana tormenta que se precipitó sobre nuestro campamento con rayos y centellas. Cuando digo rayos y centellas (rayos globulares), no estoy siendo metafórico. Fue textual y contundente. Caían a metros de nosotros. No exagero.
“Es muy simbólico todo esto —me dijo Sol—, es una confirmación de la conexión con el Gran Espíritu. ¡El cierre será el arcoíris!”.
Nos refugiamos en las tiendas y los coches. Y cuando el aguacero se extinguió el sol se abrió paso en medio de las gruesas nubes, formando un hermoso arcoíris… Fue emocionante. Esta perfecta sincronicidad entre la poderosa tormenta y nuestra meditación con el “Gran Espíritu” me resulta inenarrable.

La tormenta cuando recién se acercaba al campamento. Luego de la "iniciación", el arcoíris.
La noche del día 23, nuestro último día de camping, nos dispusimos a realizar una nueva meditación, en esta ocasión un intento de contacto con “ellos”. El grupo estaba muy entusiasmado. Aunque algunos lamentaban el cielo encapotado tras la tormenta.
Entonces le pedí a Ivika que nos diera una señal de confirmación de todo lo que habíamos vivido durante la tormenta. Y es que no fui la única persona que experimentó una “visión”.
Ivika me indicó que “abrirían” un círculo en el cielo, exactamente sobre nosotros, y que en ese espacio ya despejado situarían una nave que lanzaría tres pulsos de luz.
Y eso fue exactamente lo que sucedió…
Poco después todo el cielo se abrió y el grupo pudo disfrutar del hermoso cielo estrellado de Sedona…

El grupo en el cierre del campamento, el domingo 24 de agosto, 2025.
Nos marchamos de Arizona con la clara sensación de que habíamos iniciado algo muy importante. Las tormentas continuaron, y a tal punto que engendraron impresionantes tormentas de arena (ver imagen abajo) que desde el desierto llegaron al aeropuerto de Phoenix, que tuvo que ser cerrado. Pero nuestros vuelos ya habían llegado a destino.
Más nada terminó aquí…



Los petroglifos y el arte rupestre de Sedona y el Gran Cañón atesoran una historia perdida que estamos investigando. Un secreto que los antiguos nativos americanos conocían.